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2006/10/22 22:29:06.159 GMT+2

2005 La cuestion nacional (K.Martinez Garate)

Koldo Martinez Garate

En Navarra, noviembre de 2005  

Ramón Zallo, Luis M. Bandrés, Petxo Idoiaga, Gurutz Olaskoaga, y Baleren Bakaikoa, miembros del colectivo Elkarbide, han planteado recientemente la “cuestión nacional” vasca bajo el reclamo de la “cuestión territorial”. Con mayor exactitud, su artículo sugiere “la negación de la nación vasca”. A lo más, en Euskal Herria existiría una comunidad cultural, pero en el resto no hay unidad ni convergencia.

Afirman: “No hay nación sin voluntad ciudadana ni instituciones representativas que lo quieran”. Afirmación incuestionable, aunque ellos obvien que es la negativa explícita de España y Francia el obstáculo primordial que impide a nuestro Pueblo manifestar tal voluntad y recuperar las instituciones soberanas que creó en otras épocas. Aún más, es universalmente admitida la existencia de naciones sin Estado. Nuestros autores mismos lo reconocen, cuando afirman, “hay naciones sin Estado, aunque no sea lo frecuente”.

El planteamiento de este grupo, basándose en datos estadísticos parciales, deriva hacia valoraciones y conclusiones muy cuestionables. De entrada, su análisis obvia dos elementos fundamentales del contexto. Por una parte, el ya referido de la intervención de los estados español y francés en toda la cuestión. Por otra, olvida las manifestaciones reales de un hecho nacional propio, consistente y firme.

La recopilación acrítica de datos estadísticos, a menudo electorales, constituye una cortina de pretendida contundencia argumental, pero oculta la realidad que no se quiere reconocer, porque molesta. Ésta es una metodología muy querida a estudiosos y medios académicos que hacen gala de cientifismo positivista, obligados a veces a halagar al poder para el que trabajan, o porque temen, en otros casos, conclusiones que les obligarían a remodelar sus paradigmas. Un analista consecuente debe aprehender las constantes o líneas de acción colectiva que, aunque parezcan invisibles, en realidad son objeto de ocultación interesada. De hecho, se espera que el investigador no se limite a la consideración de los datos sobre los que gusta intervenir el poder, porque le favorecen, obviando, por el contrario la realidad social que se intenta sojuzgar. Esto es especialmente grave en las realidades conflictivas, dando pie a diagnósticos sostenidos en factores falsos.

Así les sucede a los autores del artículo comentado. La realidad vasca “objetiva” que presentan mediante este “método” sociológico positivista insiste en datos que adquieren la dimensión de fetiche, en tanto son olvidados elementos claves del conflicto. La evidencia de que, desde épocas muy antiguas hasta hoy, tanto en el domuit vascones visigótico como en el franquismo o el tardofranquismo actual, nuestro pueblo ha sido el elemento más refractario a la integración en la construcción nacionalitaria española, constituye un dato firme que muestra el carácter pertinaz y de largo alcance de nuestro hecho nacional.

Otro dato relevante lo constituyen las notables diferencias, económicas, sociales, lingüísticas, culturales, simbólicas, que, de modo semejante a Portugal y Catalunya, existen entre nuestra sociedad y la española o cualquiera otra de nuestro entorno. Sin ser determinantes para el hecho nacional, revelan la presencia de procesos societarios distintos, lo que refuerza la conciencia diferencial, factor también olvidado en el artículo.

Vertebración territorial.

La clave de esta polémica se cifra en la proyección política que tendríamos que dar a nuestras pretensiones. Dada la fragmentación del marco territorial en que existimos, vienen a decir los firmantes, no habría más remedio que acomodarse. Afirman: “El potencial derecho de autodeterminación global de toda Euskal Herria, o de todo el Pueblo Vasco, está subordinado así al derecho previo de decisión o de autodeterminación de cada una de las sociedades de navarros, vascongados y vascos continentales (...) Hoy está subordinado y atado a tres derechos de decisión distintos en cada comunidad”.

Sin embargo, debemos convenir que el “que Euskal Herria se estructure desde tres espacios sociales y políticos (...) y organizada desde tres ámbitos jurídico-políticos independientes entre sí”, es un hecho derivado de conflictos, agresiones e imposiciones por parte de España y Francia. Si reconocemos esto, sobran otras especulaciones, que se pretenden, además, orientaciones de estrategia, por no tener en cuenta el papel de las actuaciones españolas y francesas, como guerras y violencias, legislaciones e instituciones impuestas, subordinadas a los intereses de ambos estados. A diferencia de los firmantes, que asumen esta realidad tal como se nos presenta (o sea, hecha unos zorros, por efecto del dominio ajeno y la desvertebración territorial consecuente), consideramos que el auténtico motor de la iniciativa política de nuestra sociedad es el hecho nacional. Esa nación que, a pesar de ser negada, invisible en las estadísticas, pero evidente en sus efectos sociales, estructurantes, en sus acciones y adhesiones, es una poderosa fuerza motriz y constituye un factor social objetivo. Un hecho que, en cuanto motor, es el mismo en la Vasconia continental (Iparralde), en la actual Comunidad Foral de Navarra (CFN) y en la Comunidad Autónoma Vasca (CAV).

Sin el hecho nacional que subyace a los factores diferenciales, a la resistencia a la asimilación, a la distinta articulación del sistema político en Vasconia, a las formas de lucha, a los ámbitos de organización, a los referentes ideológicos, a los símbolos y adhesiones, a las apuestas estratégicas, etc.; sin el componente nacional que no aparece en las “objetivas” fotos electorales más que de perfil, o como silueta emergente, sobre todo porque no hay un marco institucional que lo contemple, no hay modo de entender este país. Si hoy es posible reconocer la comunidad cultural de Euskal Herria es en gran parte gracias a la existencia del histórico Reino de Navarra, que vertebró territorial y socialmente su sociedad, mediante las instituciones jurídico-políticas que fraguaron la Nación vasca. Éstas pervivieron durante siglos, tras la conquista, y salvaguardaron características identitarias de tanta relevancia como el euskara, por poner un ejemplo presente y crítico. En ausencia del hecho nacional, la actual Comunidad Foral de Navarra, a pesar de todas sus diferencias y quizás por efecto de actitudes poco sensibles como la de Elkarbide, no sería sino una provincia más de España, sin apenas componentes diferenciales. No habría conflictos ciudadanos como el relacionado con el destrozo, histórico, arqueológico y urbanístico, de la Plaza del Castillo o el derribo, simbólico y patrimonial, del Euskal Jai, ni habría ikastolas, ni insumisos, ni oposición al embalse de Itoitz, ni guerras de símbolos, ni reivindicación de la estatalidad propia, ni movimiento abertzale, poco o mucho. No habría ni organización, ni colectivos sociales, como los existentes allá donde ni siquiera dejan llegar el euskara, a pesar de la centralidad que la lengua ejerce en nuestra nación.

El hecho nacional, navarro, vasco, vasco-navarro o como se quiera, motor de tantas cuestiones, como, por resumir, del mal llamado “conflicto vasco”, es uno. Y es el mismo en la actual CFN, en Vascongadas o en la Vasconia continental, aunque se manifieste en formatos o dimensiones distintos.

Autodeterminarse

Consideramos, por tanto, que los miembros de Elkarbide se equivocan al asumir el marco quebrado de la territorialidad para supuestamente ejercer en él la autodeterminación por regiones. El problema no somos nosotros, sino los Estados que se oponen a este derecho irrenunciable, al no reconocer la soberanía de los ciudadanos, cualquiera que sea la dimensión o el ámbito que éstos adopten.

Corrigiendo a Renan, podemos afirmar que los vascos realizamos un plebiscito histórico y también –cotidiano- actual. Nuestra voluntad nacional se ha manifestado desde la antigüedad a la Edad contemporánea de múltiples formas; desde la existencia del Reino de Navarra, hasta la resistencia a la asimilación y la derrota frente al franquismo; en la construcción de las ikastolas y en la lucha permanente por las libertades. Lo que es imprescindible a este objeto, además de democrático y legítimo, es que ese hecho, esa nación, tenga los medios para expresarse; tenga opción a construirse libremente. Y no tenga que hacerlo, como tantas veces, desde la negación, desde la clandestinidad, desde la entrega militante, desde el voluntarismo.

Nuestra propuesta concreta consiste en “liberar” esa potencia y que pueda expresarse y realizarse libremente, sin cortapisas. En este sentido ajustar el derecho de autodeterminación, como pretenden nuestros autores, a la estructura administrativa impuesta por España y Francia –CAV, CFN y Pays Basque- es incurrir en la parodia. La libre determinación exige el reconocimiento previo de la soberanía de la población, de la ciudadanía hoy inexistente, para que pueda adoptar el marco que ésta acuerde libremente; de modo que esa fuerza nacional, sea o no sea lo que se dice, pueda realizarse sin la acción violenta, exterior e ilegítima de los Estados español y francés.

Y entretanto, a falta de ese marco soberano, seguiremos actuando en esos frentes: en la defensa de las libertades, del euskara, en la recuperación de nuestro patrimonio, la memoria histórica, los movimientos sociales, etc, en que esta nación se diluye, a falta de instrumentos propios, a falta de instituciones, a falta de su Estado.

Estado propio

Porque resulta ingenuo pretender la recuperación plena de la conciencia nacional sin un Estado propio. Históricamente la dialéctica nación-estado constituye un feedback permanente. Una sociedad diferenciada y consciente suele alcanzar el nivel estatal de organización, el cual, a su vez “nacionaliza” la propia sociedad. Pero el fenómeno inverso también es posible: un Estado es capaz de conformar una nación a partir de pueblos o tribus dispersos. En cualquier caso, históricamente, nación y Estado, Estado y nación, se construyen recíprocamente en un proceso imbricado y continuo. Todo ello, para ser efectivo socialmente, requiere de la “vía política”. Sólo un Estado propio es capaz de garantizar una solución democrática de los conflictos citados. Por otra parte, sólo un Estado propio puede respaldar eficazmente los intereses y derechos de nuestra sociedad y su proyección internacional.

El horizonte democrático que debe estructurar nuestra estrategia es, sin dudas ni apaños, la recuperación del Estado de todos los vascos, el Estado navarro. De otro modo, la triste alternativa es la desaparición de nuestra realidad diferenciada y su asimilación en procesos extraños. No creemos que se pueda tachar de maximalista un objetivo político conseguido en los últimos quince años por muchas naciones europeas, en su mayor parte de modo pacífico.

 Sabemos que no es fácil describir un plan concreto que nos permita ejercer la libre determinación que, como sociedad diferenciada y con voluntad de ejercerla, nos corresponde, pero desde ahora se puede decir que ésa es nuestra perspectiva y que todas las reivindicaciones de espacios de libertad pensamos que deben ser hechas con el horizonte próximo de nuestra (re)constitución en Estado, materializado en la República navarra.

Nork: ur.2006/10/22 22:29:06.159 GMT+2
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