Josu Iztueta ha rastrillado el mundo durante un millón de kilómetros. En 1982 compró con su amigo Ángel un camión de mudanzas desvencijado, reclutó a veinte entusiastas y cruzó con ellos las arenas del Sáhara; las manos se le quedaron pegadas a ese volante durante veinte años más, en los que Ángel y él condujeron a 1.500 personas por Europa, África y las dos Américas. Entre viaje y viaje, se calzó los esquís y atravesó Groenlandia; pedaleó por Laponia y California; remó en piragua por el Nilo, el Báltico y el Mediterráneo; palpó la muerte en el cauce helado del río Yukon. Pero las aventuras son un celofán engañoso. Josu guarda motivos más íntimos para viajar, para arriesgarse y sufrir: su curiosidad inagotable por el mundo, la capacidad de admiración constante, la reacción instintiva de ponerse en el pellejo del otro. ¿Por qué viaja Josu? La respuesta es sencilla pero tan potente como para sostener toda una vida. Se adivina entre sus argumentos para organizar una expedición a los puntos más bajos de cada continente y no a las cumbres: “En los ochomiles no vive nadie; en las depresiones encontraremos mineros, nómadas, pescadores, pastores”. Ahí late su definición del viaje: viajar es acercarse a los demás.

Bajo el pelo revuelto de Josu Iztueta, espolvoreado por las primeras canas, se abren dos ojos verdes, engastados en un rostro curtido por vientos polares y fogueado por soles saharianos. Esos ojos le brillan cuando pisa otra latitud, cuando escucha o relata historias en las que late la vida. Cuenta, por ejemplo, que su padre Joxe Mari, un pastor de Berastegi (Gipuzkoa), tenía doce o trece años cuando subió al cercano monte San Lorenzo con un amigo, allá por 1930. Desde la cumbre, los dos chavales veían la costa del Cantábrico al norte y la sierra de Aralar al sur, los límites geográficos de su mundo. “¿Hacia dónde será más grande la Tierra?”, se preguntaron. Uno de ellos opinaba que hacia San Sebastián, porque después seguía el mar hasta más allá del horizonte. El otro sostenía que el mundo debía de ser más grande hacia Aralar, porque al otro lado de esa sierra se extendía Navarra, una llanura inmensa de donde llegaban el vino y el aceite.
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Erantzunak
Nork: Antxon Arza.2007/12/18 10:27:07.289 GMT+1