Según Darwin, el ser que sobrevive no es el más fuerte, sino el que mejor se adapta a su entorno. Algo así deben de pensar todos esos grupos musicales que tras muchos años predicando la chupa de cuero se pasan a la gomina barata. ¿Necesidad o interés? Eso es lo que pretendemos entender en la siguiente reflexión.
Dover, el cambio más radical
Algunos pensarán que el cambio atiende a razones económicas y puede que así lo sea, pero las estadísticas de ventas son muy claras en ese sentido; parece que la jugada no les ha salido como ellos esperaban, ya que la burbuja sigue deshinchándose. Desde su debut han ido perdiendo oyentes a un ritmo vertiginoso y aun con el cambio tanto musical como estético que han llevado a cabo no han logrado recuperar terreno.
Los hay que prefieren este nuevo Dover que mezcla estilos más pop y electrónicos con influencias de Madonna o Peaches. Así lo declaran Cristina y Amparo Llanos, hermanas y cabezas visibles del grupo fundado hace ya más de una década en la madrileña Majadahonda. Pero para un sinfín de fans, este giro supone una traición a sus orígenes rockeros; es por eso que muchos le han dado la espalda al grupo a raíz del cambio.
Para unos traición, para otros evolución; lo que está claro es que Dover ha cambiado al igual que muchas otras bandas en su camino al reconocimiento popular, unos por necesidad, otros por placer y otros simplemente por dinero. El hecho de que este giro agrade más a unos o a otros entra dentro del libre albedrío. Así que la pregunta inicial de este artículo viene de vuelta, ¿traición o evolución?



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